La evolución de los uniformes de las azafatas de Iberia en 74 años de historia

La aviación comercial ha cambiado y evolucionado a lo largo de los años, igual que los uniformes que visten los tripulantes de cabina. Antiguamente el papel de la azafata a bordo estaba bastante sexualizado y a nadie le extrañaba que el atuendo que lucían las auxiliares de vuelo fuesen vestidos (o faldas) muy cortos y ajustados que no dejaban mucho a la imaginación.

Los requisitos que demandaban las aerolíneas hace varias décadas para contratar a las candidatas a azafata de vuelo distan mucho de los actuales. Además este rol era una profesión exclusiva para mujeres; a poder ser guapas, delgadas, altas y solteras. Por suerte todo esto ha cambiado radicalmente, igual que los uniformes de las aerolíneas.

Por eso en este post quiero contaros cómo ha sido la evolución de los uniformes de Iberia, la que es la compañía de bandera de España y la que más historia tiene por ser la más antigua. Fue fundada en el año 1927 y desde entonces los uniformes que visten sus tripulantes han ido cambiando y adaptándose a los tiempos a través de piezas que actualmente forman parte de la historia de la compañía.

Pero empecemos por el principio, corría el año 1946 y el panorama era devastador tras la II Guerra Mundial. En este contexto fue cuando Iberia empezó a volar al otro lado del charco con su primera ruta Madrid-Buenos Aires. Imaginaos lo largo que era el vuelo por aquel entonces si actualmente, con aviones mucho más modernos, son unas 12 horas y media de vuelo las que separan ambas capitales. 

Primer vuelo Madrid-Buenos Aires en el año 1946. Fotografía de Iberia.
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Galicia, a miña terra

Se Galicia fora unha cor sería azul, se fora un olor… salitre.

Se fora un son sería o das gaitas, se fora un viño: Albariño.

Se fora unha palabra sería Meiga, se fose un sentimento sería morriña.

Se fora un adxectivo sería riquiña. Se fora unha resposta sería “depende”.

Se fora un ruido sería chuvia, se fora unha sensación, a de bañarse no seu xélido Atlántico.

Se fora un lugar serían as Rías, ¿e unha persoa? Rosalía.

Pero se fora unha comida sería imposible elexir.

Feliz Día de Galicia.

Illa de Arousa. Julio 2020
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El cementerio de aviones más grande del mundo

En octubre de 2018 hice un roadtrip con unos amigos por California, Nevada y Arizona. Los 4 recorrimos miles de millas a bordo de un Ford Mustang amarillo y descubrimos ciudades como San Francisco, Las Vegas o Los Ángeles. Fue un viaje muy divertido, lleno de anécdotas y buenos momentos que me hicieron disfrutar mucho de Estados Unidos, ya que a priori no era un país que, culturalmente hablando, me llamase demasiado la atención.

Fueron nueve días muy intensos que se quedarán para el recuerdo, sobre todo por la compañía y por cómo se fueron sucediendo los acontecimientos. Pero como en todos los viajes, hubo un pequeño “error de cálculo”, que es el desencadenante de lo que os voy a contar.

Quien organizó el viaje fue mi amigo de la infancia Martín; a él le encanta Estados Unidos y la cultura yanqui. Me “vendió” el viaje de tal manera que no pude decirle que no, simplemente tenía que pagar mi parte de los gastos y él se encargaba de organizarlo todo (vuelos, alojamientos, coche, papeleos…). Era el primer viaje de ese calibre que hacíamos los dos juntos, y aunque somos antagónicos a la hora de organizarlos, accedí encantada encandilada por el entusiasmo con el que me lo planteó.

Después se unieron dos amigos más y lo que iba a ser un viaje mano a mano con Martí acabó siendo una aventura de cuatro. “Cuatro gallegos en Estados Unidos” es un buen titular para un viaje inolvidable, y así fue. Martín hizo un planning súper ajustado para los días que íbamos a pasar al otro lado del charco, lo organizó con todo lujo de detalles, desde localizaciones para ver el atardecer, restaurantes imprescindibles hasta dónde alquilar bicicletas. Ese nivel de detalle.

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Cuando volar era un lujo

El glamour de la antigua aviación se ha ido desvaneciendo hasta encontrarnos en el punto sin retorno del panorama actual: la proliferación de las low cost y la democratización de viajar en avión.

Esto no es ni “malo” ni “bueno”; simplemente una exposición de los hechos. Lo que sí, esta evolución del sector tiene sus claras ventajas y desventajas. La ventaja fundamental es que ahora el avión es un medio de transporte al alcance de todos, lo que conlleva -positivamente- a que podamos viajar y movernos por el mundo con muchas más libertades y facilidades que nuestros abuelos.

Una desventaja, para quien quiera verlo así, -que no es mi caso- sería que ahora la aviación ha perdido esa exclusividad de la que alardeaban los viajeros que tenían las carteras más abultadas de la época. Antiguamente la gente se vestía para la ocasión porque iba a viajar en avión, y eso era todo un acontecimiento, con lo cual los pasajeros lucían con orgullo sus mejores galas en consonancia a la importancia del trayecto en el pájaro metálico.

Antaño los asientos de los aviones eran anchos y confortables, no se pensaba en llenar el avión hasta su máxima capacidad para ahorrar costes, sino en el confort a bordo. El trayecto hacia el destino formaba parte -y forma- de la experiencia global de las vacaciones como un punto diferenciador.

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La magia de los aeropuertos

Los aeropuertos 24h son lugares mágicos, atemporales, sin horarios establecidos y donde todo vale. Puedes comer a las 7 de la mañana una hamburguesa repleta de ketchup como probarte un vestido de fiesta o comprar una colonia. A nadie le va a extrañar tu comportamiento.

Cada pasajero tiene una historia propia, un horario diferente, unos valores, un propósito y un destino. Y esto es lo que a mí más de gusta de la terminal del aeropuerto, ese trasiego de gente (ahora pasajeros) con prisa, nervios, ilusión o miedo, porque no todos los sentimientos que evoca un aeropuerto son positivos. Hay quien tiene miedo a volar o a su llegada al destino se tiene que enfrentar a una situación dolorosa…

Cada pasajero viaja por un motivo, no siempre es ocio, no siempre es trabajo. A veces se ha de cumplir con obligaciones de otro calibre. No sabes si la señora que tienes delante en la cola de la cafetería viaja por placer o porque le ha surgido un imprevisto.

Tampoco sabes si el señor que teclea en su portátil a velocidad del rayo en la silla de al lado se está jugando a “todo o nada” su trabajo a contrarreloj. Puede que el que duerme abrazado a la maleta en una esquina discreta haya pasado dos días en la terminal por la cancelación de su vuelo anterior, o no.

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